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NeoFronteras

Ya vivimos en una distopía

miércoles 27 diciembre 2017 - Tipo: Editorial

De joven uno supone que el mundo está en manos de gente sensata y que las cosas que no se entienden al final sí serán comprendidas. La promesa de cierta sabiduría está ahí, como la luz al final del túnel.

Bajo este punto de vista, la sorpresa y el asombro parecen exclusivas de la niñez y de la juventud. Pero resulta que no, que cada vez hay más experiencias que producen esas sensaciones, sea por la edad o por el signo de los tiempos, aunque sean negativas. Supongo que en esto consiste ahora en ir haciéndose mayor, en que uno comprende cada vez menos lo que le rodea.

La sorpresa deja paso a la perplejidad y esta deja paso al desconcierto y estupor para llegar finalmente al absurdo. Al final uno no entiende nada de nada, hasta que te das cuenta de que has llegado a un futuro distópico.

Estamos ya en el año 2018, un guarismo que, hasta hace no tanto (quiero pensar) pertenecía al reino de la Ficción Científica. Todas las utopías tecnológicas nos prometían por estas fechas la curación de casi todas las enfermedades, colonias en Marte o la resolución de los problemas que siempre han aquejado al ser humano, por citar unos ejemplos. Pero resulta que al final lo que ha llegado es una distopía y no queremos reconocerlo.

No sólo no existe la curación para el cáncer, sino que encima los antibióticos que tenemos están dejando de ser efectivos y mueren miles de personas por culpa de bacterias resistentes. La no inversión en investigación sobre antibióticos de las farmacéuticas nos devolverá a la Edad Media en cuestión de infecciones muy pronto.

En cuestiones laborares también estamos volviendo a esa época. Un puesto de trabajo empieza a ser tan preciado y precario que incluso hay gente que está dispuesta a trabajar gratis por una temporada para así “hacer curriculum”. La desigualdad se ha disparado y nunca tan pocos tuvieron tanto. Ni tantos tuvieron tan poco. Las 62 personas más ricas del planeta tienen tanta riqueza como la mitad de la población con menos recursos. Esta desigualdad alcanza a países supuestamente desarrollados. Así, por ejemplo, los tres españoles más ricos acumulan tanta riqueza como el 30% más pobre del país. En Estados Unidos y Canadá el 10% de personas más ricas gozan del 47% de la renta nacional. Allí incluso se ha acuñado una nueva palabra: billioner. Sí, el mismo país en donde la gente termina acampando por miles en las calles de sus ciudades. Mientras, en los países más pobres, la gente se reproduce como conejos, aunque sólo sea para garantizar de este modo ciertos ingresos y cuidados a través de los hijos, algunos obligados a emigrar a otros países para que envíen dinero. El resultado es un explosión demográfica descontrolada.

El experimento se ha realizado y ya se ven las consecuencias negativas. Pero, incluso así, hay quien se cree el dogma neoliberal de que si hay pobres es porque se lo merecen. Vivimos el sueño húmedo de Milton Friedman y sus secuaces de la escuela de Chicago o, simplemente, el mundo retratado en Elysium o en In Time.

El resultado es una sociedad básicamente enferma en todos los planos, empezando por el psicológico y terminando por el moral. Sobre el primero sólo hay que ver la profusión de ansiolíticos y antidepresivos que se consumen. Es tanta la cantidad, que, al ser orinados, ya afectan a la fauna de los ríos. La mayoría de la gente se siente mal y tiene miedo, pero en lugar de señalar a la sociedad y el sistema en el que viven se culpabiliza a las víctimas. Pero como solución sólo se ofrece anestesiarlos. Sus vidas son igualmente vacías y sin sentido, pero, tras la pastilla, ya no les importa. Estamos en este aspecto como en Un Mundo Feliz.

Sobre la miseria moral los síntomas están por todas partes, sólo hay que querer verlo. Basta unos ejemplos recientes para darnos cuenta de la miseria moral en la que chapoteamos.

El primer ejemplo es el de una huella fósil de dinosaurio de 115 millones de años de edad que fue encontrada en el parque de Flat Rocks en Australia en 2006. Los expertos del Museo Victoria y de la Universidad de Monash decidieron dejarla en el lugar para que los visitantes pudieran apreciarla en su espacio y contexto naturales, en lugar de arrancarla y llevársela a un museo. Al fin y al cabo, quizás hubiera una información extra que podría haberse obtenido en un futuro sobre ella allí en donde estaba. Porque ya no está, un energúmeno se la ha cargado a martillazos.

El segundo síntoma-ejemplo es lo que ocurrió en un barrio adinerado de Bristol. Alguien decidió cubrir las ramas de algunos árboles con espinas metálicas de las que se colocan en las catedrales y edificios históricos. El objetivo era el mismo que para el que fueron concebidas: evitar que se posen los pájaros, pues no querían que estos se cagasen encima de los coches lujosos aparcados debajo. Al final va a resultar que los más de 60 millones de años de evolución de pájaros posándose en ramas de árboles eran una equivocación y los humanos queremos rectificarlo.

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El tercer ejemplo es el de una asociación animalista de San Francisco, que puso robots vigilantes para que los mendigos no pudieran dormir en sus aceras. Porque, al parecer, existen robots vigilantes que son la antesala de robots policía. Total, puede que hasta igualen a los policías humanos en la matanza de inocentes pronto.

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Ya hasta casi tenemos autos que se conducen solos, una excusa más para cambiar de coche otra vez y desperdiciar todavía más recursos.

Cada vez hay más gente enganchada a Facebook y las redes sociales. Buscan una ilusión de amistad y aceptación virtuales que no tienen en sus vidas reales. Mientras tanto, entregan toda clase de información sobre sí mismos sin que les importe lo más mínimo. Porque, dicen, que no tienen nada que ocultar. Mientras, esas empresas se hacen de oro con esa información.

Los gobiernos hace ya tiempo que espían a sus ciudadanos y a nadie parece que le importe. El gobierno chino, por ejemplo, ya ha copiado un episodio de The Orville y planea otorgar una puntuación a cada uno de sus ciudadanos. Su inmensa red de cámaras con sistema de reconocimiento facial estará lista dentro de poco para vigilar a toda su población. Mientras, Assange y Snowden han pagado un precio muy alto por desvelar al que nos vigila desde el otro lado. El Gran Hermano global es ya peor que el descrito en 1984. Incluso tenemos un teléfono que nos está ubicando continuamente, terminal que cambiamos al pasarse de moda por otra más nueva que hace básicamente lo mismo.

Hasta podemos pagar en bitcoins, criptomoneda basada en básicamente nada (al igual que las otras divisas), pero cuyo minado, que exige complicadas operaciones matemáticas consumidoras de CPU, ya gasta tanta energía como toda Dinamarca. Un bitcoin ha pasado de valer 400 a 1400 dólares en menos de un año. La codicia y la especulación no conocen límites y el ciberespacio no iba a ser menos.

Nos acercamos cada día más a lo expuesto en la película Idiocracia, incluso en el detalle de tener un presidente de EEUU absolutamente descerebrado, pero hay más. Varios estudios recientes revelaban que los niños que ahora nacen son menos inteligentes debido a la exposición de las madres embarazadas y los bebés a todo tipo de sustancias contaminantes de origen industrial, entre ellas los pesticidas. Sustancias estas últimas que están ya esterilizando el campo de todo tipo de insectos, como hemos visto por estás páginas en multitud de ocasiones.

Especialmente preocupante es el caso del desplome en las poblaciones de insectos polinizadores. Incluso alguno ya propone el reemplazo de estos animalillos por minidrones al estilo de los que salen en un episodio de The Black Mirror. Pero, ya puestos, el sueño de los minidrones distópicos va mucho más allá, pues se han propuesto unos modelos cargados de explosivos que vayan directamente a la cabeza de los humanos que se quiere eliminar (en principio malvados terroristas, claro). Porque lo expuesto en Minority Report está cada vez más cerca, pero sin la necesidad de los precons.

Nuestra huella sobre los ecosistemas del planeta y sobre el propio mundo es ya tan importante que tenemos una nueva era geológica: el Antropoceno. Estamos ya en una extinción masiva inducida por el ser humano que no tiene precedentes en los últimos 600 millones de años.

Hemos alcanzado los límites ecológicos y climáticos de la Tierra y no queremos reconocerlo. Crecemos de forma exponencial sobre recursos finitos y negamos este límite, que es puramente matemático.

Estamos talando todas las selvas, los bosques se reducen, envenenamos las aguas con pesticidas, fertilizantes, metales pesados y fármacos. Desertificamos y favorecemos la erosión. Damos caza a animales salvajes por estúpidos trofeos o basándonos en una medicina tradicional china que durante miles años ha demostrado que sólo es superchería, una ignorancia equivalente a la fe depositada en la homeopatía que tiene la gente en Occidente. El declive ecológico es tan rápido que no hará falta un cambio climático que nos borre del mapa, pues este llegaría más tarde.

Este choque contra los límites del planeta ya está produciendo consecuencias. Detrás de las guerras actuales hay causas ecologico-climáticas. Incluso los problemas políticos del primer mundo, incluida la elección de políticos descerebrados, es la búsqueda por parte de la población de una salida. La persecución del edén independentista de algunas regiones en Europa no es más que una lucha por los recursos escasos. Cuando unos humanos se creen especiales o por encima de otros el resultado nunca es bueno. Estamos en la antesala del fascismo, como ya nos alertan los casos húngaro, polaco o austriaco.

Lo peor es que a la población no le importa lo más mínimo el desastre ecológico y climático. Alguien está quitando los tornillos del avión en el que volamos todos y en lugar de impedirlo decimos eso de “¿lo ves?, si no pasa nada, si seguimos volando. ¡Sois unos pesimistas! Señorita, sírvame otro whisky, por favor”. El panorama descrito en The Road parece inevitable.

Las señales, ya obvias, del cambio climático no han hecho que detengamos nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. En su lugar, el presidente descerebrado se ha apeado de los acuerdos de París. Otros países simplemente los incumplen sin decirlo. Mientras, algunos iluminados sugieren que lo mejor sería la geoingeniería y proponen inyectar en la estratosfera dióxido de azufre para así reflejar luz del sol y rebajar la temperatura. Como si eso fuera a cambiar a mejor la acidificación del mar. Se ve que no debe ser un aficionado a las películas de ciencia ficción, pues en ellas se ve (como en la cuarta entrega de Highlanders) que algo así siempre termina mal por pura lógica.

Todo sistema se autorregula o desaparece. Posiblemente desaparezcamos de este mundo y la vida tenga otra oportunidad dentro de 25 millones de años, cuando se recupere de la actual extinción masiva. Pero no habrá máquina del tiempo que nos lleve hasta allí, pues esa posibilidad sí es utópica.

La Ficción Científica no es más que un análisis de lo que pasaría si se dieran ciertas premisas, un estudio sobre cómo reaccionaría el ser humano ante ciertas circunstancias, una interpretación de la realidad presente llevada al extremo, una proyección de nuestras preocupaciones actuales… Las distopías nunca han predicho el futuro, se han dedicado simplemente a describir un presente distorsionado. Son un aviso de lo que ya pasa y de cómo puede empeorar aún más.

¿Estamos a tiempo de cambiar la tendencia? ¿Es posible salvar así el planeta y a nosotros mismos? Sí, a las dos preguntas. ¿Lo haremos? Posiblemente no.

Fotos:
Tom Wren / SWNS.com, Knightscope.

27-12-2017  »  NeoFronteras

Comentarios: 5

  1. tomás
    31 diciembre 2017 @ 8:38 am

    Creo que no, que ya no estamos a tiempo de cambiar esa tendencia. Quizá sí de adaptarse quienes sobrevivan, en un mundo distópico, de miseria y, quizá lleno de temor por parte de los débiles y de defensa permanente y armada por la que, generosamente, pagarán los privilegiados a quienes, posiblemente, más tarde los destruyan. Es decir, primero el poder del dinero, luego el de la fuerza bruta.

  2. Miguel Ángel
    4 enero 2018 @ 1:34 am

    Os acompaño en el mayor de los absurdos, muy queridos Neo y Tomás.
    Enorme documento.

  3. Miguel Ángel
    8 enero 2018 @ 1:12 am

    Enorme documento, muy querido Neo.

  4. Jose
    15 enero 2018 @ 9:26 pm

    Muy acertada vision de como están las cosas.
    Pero curiosamente no se menciona la raiz de todo esto:
    Las grandes multinacionales, en su mayoria financieras, usando lobbies y a veces otros sistemas mas burdos han conseguido comprar a los politicos. Cuando las cosas se tuercen compran a unos cuantos academicos para que testifiquen a su favor.
    Al final han desregulado todos los sectores economicos y anulado a los sindicatos, pudiendo hacer lo que les viene en gana: llenarse sus bolsillos a costa de lo que sea.

    Los grandes partidos nos entretienen con sus discrepancias acerca sobre si debe enseñarse religion en las escuelas, si se debe hablar en clase del diseño inteligente, si el aborto debe permitirse a las mujeres de 17 años o si se deben dedicar mas recursos a la violencia de genero.
    Todas estas cosas son importantes, sin duda, pero un vistazo a las calles de Los Ángeles nos indica que estamos ignorando lo verdaderamente importante. ¿Creeis que las personas que se ven el el video de Los Angeles les preocupa la conciliacion de la vida laboral, la disparidad de los sueldos femeninos o si los gays pueden adoptar?

    Al final la culpa es nuestra, pues solo miramos nuestro ombligo, sin fijarnos en que lo verdaderamente importante.

  5. Jose
    15 enero 2018 @ 9:33 pm

    Por cierto, que ese robot en España o Grecia no duraria mucho. Seguro que el chatarrero te paga bastante “al peso”.

    Y en contra de la opinion de Tomas, creo que si estamso a tiempo. Se vivieron situaciones similares en el pasado. Al final la desigualdad social siempre desembocó en una revolucion violenta. Por poner un ejemplo: la zarina fue muerta a golpes con la culata del fusil. Las balas rebotaban en las piedras preciosas que llevaba escondidas en su corpiño.

    Logicamente no es lo deseable, pues despues de las revoluciones todo acabó en muchos muertos y mucha miseria. Pero mucho me temo que es lo que acabará ocurriendo.

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Re: Ya vivimos en una distopía







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